Luces que guardan la infancia
Hubo un tiempo en que no sabíamos de relojes ni de preocupaciones. Un tiempo en que las noches de verano eran eternas y las manos pequeñas querían atrapar el mundo. Salíamos con un frasco vacío… Y volvíamos con el corazón lleno de luciérnagas. Jugábamos a cazar estrellas que bajaban del cielo. Las encerrábamos por un ratito, no para retenerlas, sino para mirarlas de cerca… como si así pudiéramos guardar un pedacito de magia para siempre. Esa niña que fuiste —la que reía, corría, soñaba— sigue ahí. Y esta remera es un recordatorio: De las noches tibias. De las luces suaves. De la ternura que no se apaga.








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